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David Elizari Bellón

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    Siento mi piel calentarse ante los rayos del sol. Uno de los muchos zorzales de la tranquila ciudad da cortitos saltos en busca de algo de comida mientras el sueño característico de la tardecita comienza a disiparse.


    Habia arreglado para juntarme en la plaza en donde estaba en ese momento, pero el encuentro estaba planeado para una hora después. La  tranquilidad que profesa la contemplación siempre fue algo lindo para mí así que, de la mano de una descomprimida agenda, emprendí el corto camino desde mi casa a la plaza con más de una hora de antelación.
    El paso lento propio de la falta de apuro estimula mis ideas y me hace descubrir cosas nuevas en los lugares por donde pasó todos los dias, esos mismo lugares en donde la vida se quema y uno apenas llega a contemplarla.

    Ya era de noche cuando emprendí el regreso a casa con la misma tranquilidad que había arrastrado durante todo el día y, tras asombrarme nuevamente con la belleza de lo cotidiano, llegué a casa y cerré la puerta con el convencimiento de que ese había sido un hermoso reencuentro conmigo mismo, había pasado desmasiado tiempo desde la última vez en la que nos habíamos juntado a hablarnos, a sentirnos, a contemplarnos. Siempre que lo hacemos el corazón chisporrotea y nuestro fuego interno, arde más que nunca.

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    Les hago una confesión: nunca se como escribir todas las sensaciones que me recorren el cuerpo al pensar en la desidia y la desolación que azotan al campo argentino. Fundamentalmente a los pequeños pueblos que salpicaban su monotona llanura. O al menos así lo hicieron antaño.

    Cada vez que tropiezo con la misma piedra y, seducido por comentarios de varios amigos, decido ir de visita a algún pueblito del interior, me doy cuenta la tristeza que me causan estos lugares.

    Y es que lo que para algunos es "estilo rústico" para mí es desidia, desolación, dejadez, abandono...
    Y abandono no pensado por parte de sus habitantes, sino por parte del estado, que al retirarse deja como consecuencia inevitable la marcha de sus pobladores.

    La, para algunos, idílica imagen de un atardecer en la estación de un pueblo del interior bonaerense es para mi una muestra concreta del desastre de dimensiones titanicas que implicó la retirada del estado de aquellos lugares que mas lo necesitaban.

    Que un apacible silencio invada las calles a las 5 de la tarde es la prueba del delito que significó el asesinato de todos estos pequeños pueblos que, al menos a mí, me transmiten las mismas sensaciones que te corren por el cuerpo al caminar por un cementerio.

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     El paseo de la ciudad permanecía vacío, las bajas temperaturas invernales empujaban a la gente a permaner recluida en sus casas, sin embargo las intenciones de este hombre iban más allá que la de dar un tranquilo paseo.

    Las hojas secas crujían bajo el flaco calzado del obrero, que forzaba sus casticados ojos en pos de reconocer el rostro del señor que descansaba en uno de los pocos bancos a los que todavía le llegaban los rayos del sol de la fría tarde.


    Su peculiar bigote y el periódico doblado de esa manera tan singular le revelaron que esa era la persona a la que buscaba y a la que le tenía tanto cariño a pesar del tiempo transcurrido en la prisión.

    Víctor Artemovsk había pasado 3 años en el penal de tierra del fuego por su activa militancia en el anarquismo, y la vida en esas latitudes le había pasado factura. Poco quedaba de sus grandes brazos y su aura desafiante, pero el brillo de ilusión en sus ojos no se lo había borrado ni el temible frío austral.


    El abrazo que se dieron estos dos hombres, aunque corto, fue absoluto y las palabras en la conversación se fueron enredado en nuevas historias y anécdotas que tenían pendientes de contar. Ni los últimos rayos del sol escapando entre los bajos edificios hicieron que estos dos panaderos esclavos del trabajo perdieran el foco en su avivada charla, pues era en las palabras de estos pobres deslomados el único lugar donde las esperanzas, aunque ilusorias, podían realizarse .


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     Aquel joven guaraní se sorprendió enormemente al  llevarse las manos a la cara y descubrir, con el tacto, las arrugas y marcas propias del paso del tiempo. Su pequeña canoa continuaba río abajo, pero una sensación extraña le atravesaba las entrañas. 

    Los ojos abiertos como platos por la sorpresa absorbieron una escena que parecía viciada: el aire se sentía rancio en los pulmones  y los arboles de las orillas se veían débiles y quebradizos. El agua por donde se deslizaba era de repente mas fangosa y menos fluida.

    El recuerdo de haberse dejado llevar por la hipnótica corriente, alejándose de los suyos, le retumbaba en la cabeza. 

    El hombre, que ahora se develaba anciano, se percató inmediatamente de que estaba en otro río. No parecía haber cambiado del todo su forma, pero si su esencia. El río ahora era un poco mas ancho, pero se sentía más cerrado, ajeno a su alrededor .

    El aborigen no logró salir de su ensimismamiento por el terror que le recorría el cuerpo tras descubrir, a través de sensaciones, lo que le habían hecho al rio de su pueblo.

    Aquel casual viajero soporto demasiados cambios en un pestañeo: el pobre infeliz había atravesado sin darse cuenta casi 600 años sobre su canoa, pero el tiempo no pareció afectarlo de igual manera que al resto de los mortales. 

     Se fue deshaciendo en bocanadas de dolor, y lo poco que quedó de este hombre ancestral se fundió en uno con el Paraná mientras la pútrida madera dejaba pasar, a través de sí, el agua del río por donde se desangra nuestra patria.

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    La masificación de la cultura estadounidense ha logrado cosas inimaginables. Su capacidad de difusión consiguió la formación de imágenes situacionales colectivas que lejos están de la realidad. Son , en verdad, más parecidas a escenas de películas Hollywoodenses que a una situación con posibilidades de haber ocurrido.

     Sin embargo ahí están:  Imágenes de grandes transatlánticos repletos de esperanzados migrantes europeos que dejaron todo atrás para llegar a una Nueva York que  los recibe con la hermosa postal de una estatua que promete libertad y un colosal puente que muestra al recién llegado el poder de la nación a la que está llegando; Todo esto acompañado (a pesar del importante desfase histórico) por la canción “New York, New York”  de Frank Sinatra.


    Esta construcción colectiva, repleta del falso romanticismo que afirma a viva voz que: “Todo tiempo pasado fué mejor”, choca de lleno con una situación actual, similar a la descrita con anterioridad, pero esta vez no ocurre sobre un barco en el mar, sino sobre un tren en el desierto. Mejor dicho EL tren. La bestia. Y después de él, lo que parece una esperanza a la que muchos deciden entregarse a falta de otras esperanzas tras las que correr. Sin embargo,estos  desgraciados no pueden contar la misma historia, no son recibidos por ninguna estatua ni ningún puente, ni mucho menos por ninguna canción. Son más bien recibidos por muros, coyotes y mafias. 


    A pesar de que el objetivo de los migrantes, (aquellos europeos y estos americanos) es el mismo, pareciera que estos últimos han cometido, y cometen un enorme error:

     Salieron 100 años tarde, y de un lugar del mundo también erróneo, pues al Sur del Río Bravo solo hay una extensión de lo que antaño era el Lejano Oeste; Terreno salvaje dispuesto a ser conquistado para así pasar a manos de los Verdaderos Americanos: Los intrépidos migrantes europeos que llegaron en los barcos en busca de la misma esperanza que persiguen los pobres diablos que venden su alma para cruzar un Océano desértico.


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    La coyuntura que atravesamos nos empuja a abandonar los paseos físicos. Es por ello que Google Street View, la plataforma que permite recorrer las calles desde tu propio celular o computadora sin moverte de casa, aparece como una forma de sostener esos viajes. Eso sí, la frialdad de una pantalla es innegable. Sin embargo hay sensaciones que si logran traspasar ese límite. Es el caso de la anterior escena. 

    Aún no termino de vislumbrar el motivo por el que estos hombres consiguen despertar en mí tantas sensaciones. A pesar de ello si logro encontrar en el resto de la fotografía una enorme carga simbólica. Intentaré explicar el motivo por el que veo revueltos mis pensamientos:


    Las vías aquí retratadas son parte de la línea Gral. Roca, entre las estaciones Gutiérrez y Villa Elisa. Pero si queremos entender qué es a lo que me refiero hay que remontarnos un tiempo atrás. Nacionalizados en el 47’, los ferrocarriles a lo largo de los años siempre han dado cuenta exhaustiva de las políticas de los gobiernos destinadas a la inclusión de su pueblo, de sus trabajadores. Pues ¿Qué mejor lugar para encontrar al pueblo y a los trabajadores que un vagón de cualquiera de las líneas del Gran Buenos Aires en horario pico por la mañana?


    El interés de cada gobierno en su pueblo se ve debidamente reflejado en su política para con el ferrocarril, porque ello supone una política para con el trabajador, para la mejora de su calidad  de vida. Pero a veces ese interés no está, pues no es el pueblo quien interesa y ocupa a esos gobernantes.


    El ramal que vemos en las fotos hoy en día está abandonado, ya no pasan por él servicios de pasajeros, apenas circulan algunos cargueros esporádicos.Sin embargo no lo estaba hace pocos años.Los postes de hierro a ambos lados de la vía son muestra de ello, estos son instalados para que posteriormente colocar la catenaria sobre ellos, que es el cable utilizados por los trenes eléctricos para obtener energía.Eso significaba que en ese momento el ramal era lo suficientemente utilizado como para pensar en una inversión tan importante como la electrificación.


    El contrato para el inicio de la obra comenzó a gestarse en el año 73’ durante el gobierno de Cámpora, pero fue firmado años después. Sin embargo las obras que aún continuaban en el año 89' se paralizaron y el desguace y la posterior privatización de Ferrocarriles Argentinos por parte del gobierno menemista acabaron por consolidar el final de esta obra que nunca se había terminado. Aquí, la patria contratista reflejada en la empresa Metropolitano, concesionaria de la línea, no se hizo cargo de esta obra que el gobierno podrido de los años 90’ le había encomendado (ya sabiendo que nada de lo acordado sería cumplido). 


    La posterior recuperación económica, de la mano de un desarrollo basado en la producción, llegaron (aunque tarde) con un proyecto  que  impulsó al sector ferroviario rompiendo la lógica que se había seguido durante los últimos 20 años: Ahora los Ferrocarriles volvían al estado. Este cambio de paradigma, por su aparición tardía, no logró materializarse en el lugar que la foto refleja.Aunque las renovaciones ya eran tangibles en muchos puntos de la red y los proyectos de utilización y electrificación de las vías aquí mostradas ya estaban consolidados: El “Plan Operativo Quinquenal de Ferrocarriles Argentinos 2016-2020” fue entregado a la administración Cambiemos para continuar una política de expansión con un diagrama ya estructurado y planificado. Sin embargo después del cambio de gobierno, Guillermo Dietrich, íntimamente relacionado con el mundo (y los negocios) del automotor, desechó completamente esta planificación a los pocos meses de asumir. La muestra clara de sus intereses: 14 ramales ferroviarios clausurados durante su gestión. Nuevamente el pueblo dejaba de importar. 


    En ese contexto es que las fotos son tomadas por las camionetas de Google. Hoy ellas nos permiten viajar aún sin salir de casa, no solo a otros lugares sino también a otro tiempo.


    Este hombre cargando su garrafa en los hombros, como la desidia que debe soportar, le sonríe a la cámara a pesar del peso. Y la cámara, sin saberlo, atrapa una historia y una gran esperanza: la de un tren que vuelve a ser prioridad, sinónimo de que vuelve a levantarse, otra vez, esta grande y gloriosa nación.


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    La continuación de locales cerrados en las calles eran la muestra tangible de la crisis en la que el mundo se había hundido. La imagen, ya de por sí desoladora, no mejoraba con la bruma otoñal que invadía las calles y el sonido hueco de los rápidos pasos que buscaban llegar a tiempo acompañaban un clima viciado. 

    Las rápidas inhaladas de los fumadores daban muestra del nerviosismo a la que esas gentes estaban sometidas. Era la peor crisis desde hacía 100 años y solo los más viejos eran capaces de recordar algo similar. 

    El hambre golpeaba las puertas y la desesperación las atravesaba, mientras que las esperanzas de una rápida salida de ese sufrimiento ya se habían empezado a desvanecer.

    La luz titilante del banco me sacó de mi ensimismamiento y me hizo recordar el sentido de mi salida. “No Hay Plata” rezaba un cartel pegado en la puerta y la frustración me invadió nuevamente.

    No había plata, no. Ni en los cajeros, ni en los bolsillos de la gente; Los cajeros a veces lo revertían, pero la gente solo podía llenarse los bolsillos de miseria.


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    Corría una tarde de lluvia , de esas en las que las ideas van tejiendo el fuego que devora las horas ,cuando ella hizo uso de sus viejos recuerdos y empezó a rememorar aquellos tiempos lejanos en los que , lejos de su situación actual, era libre, sin nadie que la tapara, sin nadie que la encerrara.

    De hecho, en ese tiempo, hace ya más de 200 años ,su piel era tostada , pues todos los días recibía los incansables rayos del sol en su ya curtida piel.

    Pero esa situación, que ahora recordaba con tanta añoranza y deseo, había comenzado a cambiar hace tiempo.

     Primero unas pocas pecas blancas comenzaban a demostrar que había algo, allí arriba , que no dejaba que el agradable calor del sol llegar a esos lugares; después unas tiras largas, muy largas, que a su paso dejaban mas y mas marcas en la piel de aquella mujer, que para ese entonces comenzó a temer por eso, por la vorágine en  la que aquellos pequeños seres con los que convivía estaban envueltos y parecía que no iban a parar: y efectivamente ese temor se hizo realidad: las líneas siguieron creciendo , conectando las marquitas blancas cada vez más grandes en la piel de la ya señora que había envejecido rápidamente en los últimos años.

    Un recuerdo la asaltó: un tiempo hace ya varios años, creería que unos 70, pero no lo podía afirmar con rotundidad, en la que estos seres comenzaron a encerrarla a una velocidad alarmante , a cubrirla haciendo que, en algunos lugares , apenas si le llegara la luz del sol, pues los pequeños hombres y las pequeñas  mujeres se veían ilusionados, pero ella no entendía su razón , pues la vida que llevaban le parecía totalmente extraña , e incluso odiosa por lo que le estaban causando.

    Ese fue el punto culmine: Tras ello , con mayor o menor ritmo los humanos de aquel lugar  siguieron construyendo y cubriendo con sus obras mas y mas tierra haciendo que, la ahora ya blanca y albina  tierra, añore el tiempo en el que el sol castigaba su piel, en la que no se la agujereaba y no se la encerraba en una cárcel de edificios y calles que haciendo que ya no pueda escapar de allí.


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    Las transpiradas sábanas eran testigo del lento pero inalterable paso de las horas. 

    El incesante calor tropical no cesaba con la copiosa lluvia que golpea el techo de las oficinas en las que había conseguido entrar para descansar.

    El sonido de las parsimoniosas aspas del ventilador y el tic-tac del viejo reloj de la United Fruit terminaban por teñir la escena de un pasado que aún era presente.

    Afuera los mosquitos se agolpaban y desplegaban complejas tácticas para atravesar las ajadas mosquiteras.


    Mientras, el cerebro de aquel hombre desamparado no dejaba de revolverse a sabiendas de que esa calma no duraría mucho. 

    Fue así que atinó a levantarse del catre, despegar las sábanas de su espalda y tomar las pocas pertenencias que aún guardaba con él.


    Se ciño su sombrero y se envolvió en un gran chubasquero hecho a la medida de su anterior dueño. Pero el hombre, a sabiendas de la finitud de la lluvia parisina para la que había sido diseñado, tuvo el convencimiento de que no sería de mucha utilidad ante la tromba de agua que caía en aquella noche. 


    Fue así qué abrió la puerta, y mientras algunas gotas comenzaban a salpicarle las botas, se santiguó, le rezó a su dios y cruzó el umbral de la puerta con el convencimiento de que el viejo revolver que llevaba en el bolsillo sería suficiente para hacer estallar la revolución.

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     Ya hace mas de 400 años que la criatura con la que hoy convivo vivía libre. Deambulaba libremente por las extensas llanuras, alimentándose de lo que encontraba en sus largos paseos y descansando bajo la sombra de los arboles o la luz de las estrellas. Así había transcurrido toda su vida y así esperaba continuarla, pero su historia se torció.


    Hacia ya tiempo que conocía a los humanos y se había acostumbrado a su amigable presencia, pero llegó un momento en el que empezó a encontrarse con unos humanos diferentes; Eran altos y blancos, y le resultaban enormemente desagradables, pues lo acechaban, lo perseguían y le tendían trampas. 


    Fue en ese momento en el que abandonó sus paseos y sus siestas y se vio obligado a escabullirse y a manejarse en la oscuridad, ante la cual los humanos, aún hoy, sienten miedo.


    Los años pasaron y este pequeño duende logró adaptarse a las ciudades. Pero no sin llorar en el proceso todo lo que la vorágine del progreso destruía a su paso. 


    Fue así que llegó hace unos años a esconderse en la que hoy es mi casa. Fue aquí, en el patio, donde en una fría tarde de otoño Quiñihual se animó a hablarme y, mientras le compartía unos mates, me contó su historia, esta historia. 

    Recuerdo que antes de irse y con una sonrisita de picardía en el rostro me confesó que él era el que, a veces, hacía que en la ducha solo cayera un chorrito, pues se escondía en la pared por donde pasaban las cañerías y se divertía con los gritos de disgusto que yo vociferaba.

     

    No lo volví a ver desde ese día, pero sigo agradeciéndole que me deje ducharme tranquilamente los días en los que hace frío y estoy cansado.

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    David Elizari Bellón Esto es una recoleccion de escritos que tenía perdidos por ahí

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