Quiñihual
junio 27, 2021Ya hace mas de 400 años que la criatura con la que hoy convivo vivía libre. Deambulaba libremente por las extensas llanuras, alimentándose de lo que encontraba en sus largos paseos y descansando bajo la sombra de los arboles o la luz de las estrellas. Así había transcurrido toda su vida y así esperaba continuarla, pero su historia se torció.
Hacia ya tiempo que conocía a los humanos y se había acostumbrado a su amigable presencia, pero llegó un momento en el que empezó a encontrarse con unos humanos diferentes; Eran altos y blancos, y le resultaban enormemente desagradables, pues lo acechaban, lo perseguían y le tendían trampas.
Fue en ese momento en el que abandonó sus paseos y sus siestas y se vio obligado a escabullirse y a manejarse en la oscuridad, ante la cual los humanos, aún hoy, sienten miedo.
Los años pasaron y este pequeño duende logró adaptarse a las ciudades. Pero no sin llorar en el proceso todo lo que la vorágine del progreso destruía a su paso.
Fue así que llegó hace unos años a esconderse en la que hoy es mi casa. Fue aquí, en el patio, donde en una fría tarde de otoño Quiñihual se animó a hablarme y, mientras le compartía unos mates, me contó su historia, esta historia.
Recuerdo que antes de irse y con una sonrisita de picardía en el rostro me confesó que él era el que, a veces, hacía que en la ducha solo cayera un chorrito, pues se escondía en la pared por donde pasaban las cañerías y se divertía con los gritos de disgusto que yo vociferaba.
No lo volví a ver desde ese día, pero sigo agradeciéndole que me deje ducharme tranquilamente los días en los que hace frío y estoy cansado.
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