Ya hace mas de 400 años que la criatura con la que hoy convivo vivía libre. Deambulaba libremente por las extensas llanuras, alimentándose de lo que encontraba en sus largos paseos y descansando bajo la sombra de los arboles o la luz de las estrellas. Así había transcurrido toda su vida y así esperaba continuarla, pero su historia se torció.
Hacia ya tiempo que conocía a los humanos y se había acostumbrado a su amigable presencia, pero llegó un momento en el que empezó a encontrarse con unos humanos diferentes; Eran altos y blancos, y le resultaban enormemente desagradables, pues lo acechaban, lo perseguían y le tendían trampas.
Fue en ese momento en el que abandonó sus paseos y sus siestas y se vio obligado a escabullirse y a manejarse en la oscuridad, ante la cual los humanos, aún hoy, sienten miedo.
Los años pasaron y este pequeño duende logró adaptarse a las ciudades. Pero no sin llorar en el proceso todo lo que la vorágine del progreso destruía a su paso.
Fue así que llegó hace unos años a esconderse en la que hoy es mi casa. Fue aquí, en el patio, donde en una fría tarde de otoño Quiñihual se animó a hablarme y, mientras le compartía unos mates, me contó su historia, esta historia.
Recuerdo que antes de irse y con una sonrisita de picardía en el rostro me confesó que él era el que, a veces, hacía que en la ducha solo cayera un chorrito, pues se escondía en la pared por donde pasaban las cañerías y se divertía con los gritos de disgusto que yo vociferaba.
No lo volví a ver desde ese día, pero sigo agradeciéndole que me deje ducharme tranquilamente los días en los que hace frío y estoy cansado.
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