Sendero de saqueadores

julio 09, 2021



 Aquel joven guaraní se sorprendió enormemente al  llevarse las manos a la cara y descubrir, con el tacto, las arrugas y marcas propias del paso del tiempo. Su pequeña canoa continuaba río abajo, pero una sensación extraña le atravesaba las entrañas. 

Los ojos abiertos como platos por la sorpresa absorbieron una escena que parecía viciada: el aire se sentía rancio en los pulmones  y los arboles de las orillas se veían débiles y quebradizos. El agua por donde se deslizaba era de repente mas fangosa y menos fluida.

El recuerdo de haberse dejado llevar por la hipnótica corriente, alejándose de los suyos, le retumbaba en la cabeza. 

El hombre, que ahora se develaba anciano, se percató inmediatamente de que estaba en otro río. No parecía haber cambiado del todo su forma, pero si su esencia. El río ahora era un poco mas ancho, pero se sentía más cerrado, ajeno a su alrededor .

El aborigen no logró salir de su ensimismamiento por el terror que le recorría el cuerpo tras descubrir, a través de sensaciones, lo que le habían hecho al rio de su pueblo.

Aquel casual viajero soporto demasiados cambios en un pestañeo: el pobre infeliz había atravesado sin darse cuenta casi 600 años sobre su canoa, pero el tiempo no pareció afectarlo de igual manera que al resto de los mortales. 

 Se fue deshaciendo en bocanadas de dolor, y lo poco que quedó de este hombre ancestral se fundió en uno con el Paraná mientras la pútrida madera dejaba pasar, a través de sí, el agua del río por donde se desangra nuestra patria.

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